Del miedo a la furia: Aprender a vencer lo que nos asusta
Empieza pequeño. Un destello de movimiento en el rabillo del ojo, una sombra que corre por el suelo. Al principio, es miedo puro e instintivo: manos sudorosas, corazón acelerado, paralizado como si el mundo pudiera salvarte. Cucarachas. Pequeñas, blindadas, invencibles en tu imaginación. Esperas, a que alguien aparezca, que una mano se extienda y te proteja. Pero la mano nunca llega. Con el tiempo, el miedo se transforma en otra cosa. Algo más afilado. Te das cuenta de que te tensas incluso antes de verlas, anticipando el horror. Y poco a poco, casi sin darte cuenta, el miedo se convierte en ira. No solo ira hacia la criatura misma, sino hacia la impotencia que has sentido. Hacia la monotonía de enfrentarlo todo sola. Comprendes que el temor nunca fue solo por las cucarachas; siempre fue por la expectativa de ser salvada, por la decepción silenciosa de que nadie vendrá a levantar la carga. Y entonces luchas. Golpeas, aplastas, las persigues por cada rincón, impulsado por una furia...